Prensa Press 2026

| 2026 | 2025 | 2024 | 2023 | 2022 |

GRANADA / Las ‘estaciones’ de Vivaldi y Guido

Scherzo | 3 de julio de 2026

Granada. Teatro del Generalife. 30-VI-2026. Malandain Ballet Biarritz. Academia Barroca de Granada. Dirección artística: Thierry Malandain. Dirección musical: Aarón Zapico. Obras de Vivaldi y Guido.

El Festival de Granada presentaba este espectáculo titulado Les Saisons ideado por Thierry Madandain para el Malandain Ballet Biarritz compañía que él mismo fundó 1998. Este ballet fue creado en 2023 y estrenado en Versalles; en él, el coreógrafo, diseña un espectáculo sobre la temática de Las cuatro estaciones, combinando la celebérrima música de Vivaldi con la menos conocida de Giovanni Antonio Guido.

El espectáculo es dinámico e imaginativo con una intensa combinación de números de conjunto con actuaciones solistas. Madanlain firma un espectáculo elegante de evocadora belleza, en el que técnica y narración estética se fusionan a la perfección con una naturaleza que aparece apenas evocada en el juego abstracto de la danza. Entre los bailarines solistas, hay que destacar la expresividad de Hugo Layer en su solo sobre la Danse des bergers de Guido, así como el pas de deux que firmó junto a Patricia Velazquez, también con música de Guido, en este caso sobre la música Vole à votre scours. O! Cérès adorable. Excelentes todos los bailarines de la compañía y solo hay que destacar, a modo de anécdota, la caída de un componente quien dio la sensación de haber sufrido una lesión en ese eventual traspiés. Le deseamos una pronta recuperación.

La música en este espectáculo merece un comentario aparte. Malandain emplea los celebérrimos conciertos de Antonio Vivaldi, pero los combina con la música del compositor Giovanni Antonio Guido, que vivió entre 1675 y 1729. Personalmente, su música fue todo un descubrimiento por su modernidad si se compara con la música del propio Vivaldi. Guido ofrece una interesante combinación entre la música italiana y francesa en un estilo que preludia el desarrollo ulterior de la música europea a lo largo del siglo XVIII. La interpretación corrió a cargo de la Academia Barroca del Festival de Granada, un proyecto educativo en el que participa también la Universidad de Granada y con apoyo de Unicaja. Su responsable artístico es Aarón Zapico. El resultado musical fue notable, especialmente si se tiene en cuenta que se trata de un proyecto formativo que permite a jóvenes instrumentistas familiarizarse con la interpretación históricamente informada de esta música. La interpretación se amplificó debido a las condiciones del teatro. Zapico dirigió con solvencia y seguridad firmando un espectáculo más que destacable a nivel musical.

Una metáfora del tiempo

Granada Hoy | 2 de julio de 2026

La originalidad de la propuesta reside en evitar una aproximación descriptiva a las célebres Cuatro estaciones de Antonio Vivaldi. El coreógrafo francés plantea una reflexión sobre el tiempo como proceso continuo de transformación. Para ello articula un inteligente diálogo entre los conciertos de Vivaldi y los menos conocidos Scherzi armonici sopra le quattro stagioni dell'anno de su coetáneo Giovanni Antonio Guido, dos universos musicales que encuentran también una traducción escénica claramente diferenciada y, al mismo tiempo, perfectamente complementaria.

Las páginas de Vivaldi constituyen el núcleo abstracto del ballet. Vestidos con sobrias mallas negras, los veintidós bailarines construyen un tejido coreográfico donde el protagonismo pertenece siempre al conjunto -reducidos a veinte al final del otoño por la caída y potencial lesión de uno de los bailarines-. El movimiento fluyó con una naturalidad admirable entre diagonales, cánones y sucesivas reorganizaciones espaciales que convierten el escenario en una arquitectura viva, siempre cambiante, reforzando una idea de comunidad que constituye uno de los rasgos más personales del lenguaje de Malandain.

La elegancia de las líneas, la flexibilidad del movimiento y el absoluto dominio de la técnica clásica contribuyeron a desarrollar con naturalidad el discurso coreográfico. La precisión del cuerpo de baile permitió apreciar con claridad la compleja construcción espacial de cada escena, aunque en algunos pasajes de sincronización especialmente comprometidos aparecieron ligeras desalineaciones que apenas alteraron la cohesión del conjunto. Muy al contrario, esos pequeños desajustes ponían de manifiesto el elevado grado de dificultad de una coreografía concebida desde la respiración colectiva antes que desde el lucimiento individual.

Frente a la abstracción de Vivaldi, las intervenciones construidas sobre la música de Giovanni Antonio Guido introdujeron un universo visual completamente distinto. Malandain recurre aquí a una estilización de las danzas barrocas —minués, gavotas, saltarellos y otras formas cortesanas— interpretadas por cuartetos cuidadosamente equilibrados y caracterizadas mediante un refinado vestuario de época cuyos colores evocan discretamente cada estación. No se trata de una recreación historicista, sino de una elegante evocación del mundo barroco - que en Francia encuentra su referencia más importante en el Maître à danser de Pierre Rameau - en la que se establece un sugestivo contraste con la desnudez plástica de los episodios anteriores, enriqueciendo el discurso sin romper nunca su continuidad.

La transición entre ambos lenguajes encuentra un poderoso elemento de unidad en la aparición de una gran hoja negra que, al término de cada bloque inspirado en Guido, porta un bailarín sobre el brazo. Primero una, después dos, más tarde tres y finalmente cuatro, hasta que en el cierre toda la compañía incorpora esas hojas al movimiento colectivo. La imagen, con una sencillez de enorme elegancia, constituye el principal hallazgo simbólico de la obra. No alude al otoño, sino al paso inexorable del tiempo y a la fugacidad de la existencia. Sin necesidad de recurrir a explicaciones narrativas, Malandain convierte ese motivo visual en el eje poético que articula todo el ballet.

La Academia Barroca del Festival
La interpretación musical en el foso añadió una frescura singular. Bajo la dirección de Aarón Zapico, la Academia Barroca del Festival ofreció una lectura de gran vitalidad, sustentada en criterios históricamente informados que privilegiaron la claridad de la articulación y la flexibilidad del fraseo, aunque hubo ciertos problemas puntuales de afinación. Lejos de entender la música como mero acompañamiento, Zapico construyó un discurso capaz de respirar con la escena, favoreciendo una estrecha complicidad entre el movimiento y el pulso sonoro. El violín solista de Jorge Jiménez destacó por la elegancia de su sonido y por una expresividad siempre integrada en el conjunto, contribuyendo decisivamente a la riqueza tímbrica de una interpretación transparente y llena de matices.

Les Saisons confirma la personalidad de Thierry Malandain como uno de los grandes representantes del ballet neoclásico europeo. Su mirada no pretende revisar el legado clásico desde la ruptura, sino demostrar que el vocabulario académico continúa ofreciendo una extraordinaria capacidad de renovación cuando la técnica se convierte en instrumento de pensamiento. El Malandain Ballet Biarritz defendió esa idea con una interpretación de admirable calidad artística, mientras la Academia Barroca del Festival de Granada, dirigida por Aarón Zapico, aportó una versión musical de refinada sensibilidad estilística. El resultado fue un espectáculo de gran belleza formal y profunda inteligencia escénica, donde el tiempo dejó de medirse por la sucesión de las estaciones para hacerse visible en la continua transformación del cuerpo y del espacio.

El devenir de la existencia según Vivaldi, Guido y el Malandain Ballet

Ideal de Granada | 1 de julio de 2026

Espectacular puesta en escena de 'Les saisons' del coreógrafo francés con la Academia Barroca y Aarón Zapico como eficaces acompañantes.

García-López y Zapico, el virtuosismo como espejo humano

Ópera Actual | 12 de mayo de 2026

"Rigor técnico, frescura interpretativa y altas dosis de sensibilidad definieron este comprometido recital, plagado de esencias que funcionan como reflejo atemporal de las propias pasiones"

La recta final de la Temporada Sinergias de la Orquesta de Córdoba recalaba en su décimo abono en el repertorio operístico barroco de la mano de Antonio Vivaldi. Junto a los profesores del conjunto cordobés, el tenor Pablo García-López celebraba sus 20 años de carrera defendiendo un programa poco habitual en las salas de concierto; una propuesta que constituye una firme reivindicación, tanto por intención como por la ambición de un recital ciertamente madurado. El programa supone una vuelta de tuerca a este tipo de celebraciones que, con frecuencia, suelen resolverse mediante una selección convencional de Lied, ópera y zarzuela.

No es la primera colaboración entre la batuta de Aaron Zapico y el tenor cordobés: la última, el disco De Sópitu, hace apenas un año. Este abono, bajo el título Negroni Sbagliato, ha sido el reflejo de la estrecha conexión artística de ambos músicos, quienes para la ocasión seleccionaron 15 números que abarcaron dos siglos de historia, desde Monteverdi hasta Boccherini. En el corazón del programa habitó una selección de arias del todavía desconocido Vivaldi operístico, a menudo eclipsado por su catálogo instrumental y sacro, lo que añadió un interés adicional a esta cita nada convencional.

El programa puso a prueba el músculo artístico de las cuerdas y vientos de la Orquesta de Córdoba. Bajo la dirección de Zapico, se exigió empaste, agilidad y expresión, premisas que quedaron definidas desde el inicio con la Sinfonía N.º 6 de Boccherini y varias sinfonías-oberturas vivaldianas que comparten un mismo ánimo: una sucesión de afectos donde sus protagonistas se presentan atrapados entre el poder, el amor y la traición.

En este punto, García-López supo encarnar a los diversos héroes del catálogo barroco italiano: facetas de una misma alma que oscila entre la furia, el lamento y la resistencia. De igual forma, el reto para los atriles radicó en trasladar el virtuosismo instrumental de los conciertos vivaldianos a la voz, apoyándose en la fuerza rítmica de las arias de bravura. Con fulgor melódico y elegancia en el fraseo, el tenor supo imprimir carácter a las distintas arias seleccionadas de entre los tres periodos creativos del compositor veneciano; un teatro febril y humano como el que destilan los héroes que desfilaron por el particular Teatro Sant’Angelo en el que se transformó el Gran Teatro de Córdoba. Rigor técnico, frescura interpretativa y altas dosis de sensibilidad definieron este comprometido recital, plagado de esencias que funcionan como reflejo atemporal de las propias pasiones. Sirva de ejemplo el aria “Col furor ch’in petto io serbo”, que planteó al cantante retos de agilidad, control del aire y calado dramático, en contraste con la canzonetta de Monteverdi, “Quel sguardo sdegnosetto”, donde frente al virtuosismo vocal se antepuso la sensibilidad artística.

Cabe destacar dos momentos cumbre: el Lamento d’Arianna, que abría la segunda parte, en el cual García-López demostró un absoluto dominio de la línea de canto y de las inflexiones del texto —cada frase atesoraba una explosión de sentimientos encontrados sostenida por un altísimo rigor técnico—; y, finalmente, el aria de cierre, “Alme perfide, insegnatemi”, de gran complejidad por sus exigencias en la coloratura y el control del fiato despidiendo un concierto de altura para una propuesta que supo trasladar las luchas y afectos de los personajes con el brillo y el virtuosismo de dos grandes músicos del panorama nacional e internacional.

Una cita que recordó que la ópera es, por encima de todo, el espejo de las pasiones humanas.

Bach, Lázaro y la emoción barroca toman Madrid con el Festival de Arte Sacro

Vozpópuli | 18 de abril de 2026

La trigésimosexta edición del Festival Internacional de Arte Sacro de Madrid (FIAS) ha dado cuenta de la salud de que disfruta la música antigua y barroca y la gran acogida que le dispensa el público madrileño. Es necesario reconocer que este certamen alcanzó el nivel al que se encuentra -que es el de los más altos de España y Europa- gracias al trabajo y tesón de su anterior gerente, Pepe Mompeán quien, además, tuvo el empeño de hacer participar a jóvenes formaciones que, con el tiempo, se han confirmado como grandes e importantes grupos. El sistema de dirección ha cambiado (parece que habrá una persona diferente al frente para cada edición) y este año la tarea ha recaído en el violonchelista y director de La Ritirata, Josetxu Obregón, que ha mantenido las líneas maestras en cuanto a calidad y variedad. Hay alguna novedad, como el hecho de contar con un grupo “residente” de reconocido prestigio, en este caso, Les Arts Florissants.

El miércoles 8 de abril y bajo el título “Sancta Ovetensis: esplendor musical en la Catedral de Oviedo” el grupo Forma Antiqva y la soprano Jone Martínez presentaron un estupendo programa en el que la figura principal fue Joaquín Lázaro (1746-1786), Maestro de Capilla del Pilar de Zaragoza y de las catedrales de Mondoñedo y Oviedo y de cuyas arias de temática religiosa pudimos escuchar una selección. Para redondear el programa, una serie de obras instrumentales de compositores tardobarrocos, preclásicos y clásicos contemporáneos del citado Lázaro. Forma Antiqva, agrupación fundada por los hermanos asturianos Pablo, Daniel y Aarón Zapico (este último clavecinista y director) está desde sus inicios muy comprometida con la recuperación y difusión del patrimonio español y concretamente, asturiano. En este sentido, es lógico que la mayor parte de los “acompañantes” (ilustres) de Lázaro en el programa fueran autores españoles como el importantísimo José de Nebra (1702-1768), el violinista y sinfonista Vicente Baset (1718-1793)  -a quien Forma Antiqva dedicó un CD-, José Castel (1737-1807)que fue maestro de Capilla de la Colegiata de Tudela y escribió no poca música escénica para Madrid (1737-1807) y el napolitano Nicola Conforto (fl. 1748-1762), compositor de ópera de la corte española. A ellos se sumó el alemán Johann Adolph Hasse (1699-1783) con un breve movimiento, un Andante de la Sinfonía 3 que, junto a una obertura de Nebra y un Minuetto-Allegretto de Castel conformaron un a modo de Sinfonía de apertura del concierto. Esta unión de tres autores diferentes introduciendo la primera aria de Joaquín Lázaro (“Dios mío, calla”) nos permitió situarnos en el estilo y nos demostró hasta qué punto los compositores españoles del XVIII estaban influidos por el gusto napolitano (qué más lógico, dada la íntima relación con el Reino de Nápoles) y completamente zambullidos en las corrientes musicales del resto de Europa.

Aarón Zapico hizo una breve intervención hablada para detallar la lógica del programa y hacer una defensa cerrada de la labor investigadora del conjunto y de tantos otros grupos españoles, así como para explicar que la ausencia de violas en la formación se debe a la tradición española. En cuanto a la interpretación, destacó por su fantástico conocimiento del estilo que les hace destilar el mejor de los jugos a esta música por un lado tan española y por otro, de gusto tan internacional en su tiempo. De entre los compositores españoles quizá el más “napolitano” es Vicente Basset, a quienes Forma Antiqva imprimieron ese carácter tan directo, efectista y expresivo gracias a un gran dominio instrumental e idiomático. Resultó muy bello ese momento más íntimo entre el violín solo y el laúd de la “Sinfonía a piùstromenti”, así como la importante intervención de las flautas (muy bien Laura Quesada y Luis Martínez). Precioso el enlace con el recitado del aria que siguió por parte de Pablo Zapico, que se volvió a lucir junto a la violonchelista Ruth Verona en ese estupendo comienzo de la obertura de Nebra “Iphigenia en Tracia”.

Y dedicaremos unas líneas a la solista vocal, Jone Martínez. Esta soprano se ha convertido en una de las imprescindibles en el repertorio barroco, aunque su versatilidad le hace transitar también por otros estilos. Pero no cabe duda de que su emisión tan homogénea, su bello color,su control del vibrato y  su profundización en el estilo han hecho de ella una de las cantantes preferidas de directores y público. Elegante, siempre expresiva y cuidadosa del equilibrio y las dinámicas, nos regaló unos maravillosos “Da Capo”, donde pudo dar cuenta de sus fantásticas agilidades.

Ana García Urcola

Crítica / Forma Antiqva, música antigua española en plena forma

Ritmo | 12 de abril de 2026

Prosigue la frenética actividad de la presente edición del Festival Internacional de Arte Sacro de la Comunidad de Madrid en dos de sus espacios emblemáticos, la Basílica Pontificia de San Miguel y la Capilla del Palacio Real de Madrid, con dos programas bien distintos, pero igual de deliciosos.

La primera cita, la acontecida en Iglesia de San Miguel, corrió a cargo de uno de nuestras agrupaciones señaras de la interpretación historicista, fundado hace más de dos décadas. Nos referimos a Forma Antiqva, grupo asturiano formado por tres miembros tan necesarios como peculiares en nuestro panorama musical, los hermanos Aarón, Pablo y Daniel Zapico, y que ofreció un programa de concierto tan novedoso como interesante. Titulado Sancta Ovetensis, su música fue todo un merecido homenaje a las fabulosas músicas custodiadas en el archivo musical de la Catedral de Oviedo, y que felizmente rescataron en 2022 con la grabación de un disco que lleva el mismo nombre que el concierto. Las piezas que escuchamos son en mayor parte recuperaciones musicales del siglo XVIII y del interesantísimo autor Joaquín Lázaro (1746-1786). Natural de Aliaga (Teruel), Lázaro, tras ocupar el cargo de maestro de capilla del Pilar de Zaragoza y de la catedral de Mondoñedo. Finalmente obtuvo la maestría musical catedralicia de Oviedo, en donde permaneció hasta su fallecimiento.

La música que disfrutamos fue todo un verdadero tesoro redescubierto para todo el público madrileño. Fueron hasta cinco piezas llenas de hermosas melodías, con textos poéticos sacros y que mantienen un estilo reconocible de su autoría, tanto por la textura orquestal, que carece en la cuerda de la parte de viola, así como por la inclusión de un par de flautas. Asimismo, el tratamiento de los instrumentos, de la voz solista y de sus líneas melódicas, poseen una marcada personalidad propia.

Como música instrumental que situó en su contexto a la conservada en Oviedo, se escucharon autores como José de Nebra, Johann Adolph Hasse, José Castel, Vicente Baset y Nicolás Conforto. Estas funcionaron tanto como si de una obertura introductoria se tratase, bien engarzada por las modalidades escogidas, bien como interludios instrumentales que permitieron la reflexión tras las sacras músicas interpretadas, y que permitieron el merecido descanso de la soprano solista.

Precisamente comenzaremos hablando de las virtudes de Jone Martínez, quien demostró porqué se ha convertido en una figura imprescindible del panorama vocal español. La joven soprano vasca posee un timbre vocal de una belleza absoluta, pero además su impecable técnica vocal le permite un inteligente y poderoso control del aire que le permiten manejar a su antojo tanto los largos fraseos más dulces y reposados, hasta interpretar vivaces pasajes llenos de energía, aportando un generoso volumen sonoro que no empeña en absoluto su delicada y pura emisión. La clara diferenciación de los muy diversos caracteres contenidos en las creaciones de Lázaro tanto por su texto como por su estructura realzaron la variedad y la singularidad de estas partituras.

Forma Antiqva se presentó en la iglesia madrileña con una formación de un instrumentista por parte, esto es, dos violines, violonchelo, contrabajo, dos traversos, un archilaúd y un clave. Destacó sobremanera la enérgica y precisa dirección desde el clave de Aarón Zapico, que fue asimismo delicada o contrastante según lo requiriera la partitura, interpretada siempre según el carácter del texto que contuviera cada aria. Pudimos comprobar asimismo la excelente calidad de sus violinistas, Jorge Jiménez, concertino de la agrupación, y Daniel Pinteño. Ambos, como el resto de la orqueta, respondieron con una férrea y contagiosa disciplina las indicaciones de Zapico y mostraron su pleno y bello sonido en el instrumento. Debemos mencionar asimismo a los dos intérpretes del Traverso, Laura Quesada y Luis Martínez, quienes añadieron unos colores, sutiles y etéreos en cada participación.

El público, que llenó el aforo de la basílica mostró su entusiasmo tras las interpretaciones de esta fabulosa música tan nuestra que debe ser interpretada mucho más a menudo. Forma Antiqva y Jone Martínez se vieron obligaos a ofrecer como propina otra hermosa composición de Joaquín Lázaro.

Simón Andueza

Una dicha inesperada

Diario de Navarra | 1 de abril de 2026

El concierto de ciclo de la Sinfónica Navarra no estaba planteado dentro de los conciertos sacros; y, sin embargo, Maite Beaumont cerró el programa con una soberbia versión de la Escena de Berenice, de Haydn, mujer que, curiosamente, aparece en los Hechos de los Apóstoles (25.13 y 26.30), que dio que hablar como hija de Herodes, y que, sin embargo, no veía culpa en San Pablo.

Aarón Zapico presenta una orquesta transformada en un ensemble barroco para abordar un clasicismo punzante, luminoso, casi percutido en el estacato, clarísimo en la digitación de los intérpretes, maravilloso. Una acentuación contundente como motor del tempo. Así, Laserna es redescubierto, Castel descubierto, Boccherini, en un fraseo saltarín y muy sólido a la vez, profundamente arraigado en la cuerda grave (un bajo continuo, que todo lo arma), y un perfecto acompañamiento en Haydn a Maite Beaumont: magnífica en recitativos y arias.

Me comenta un aficionado asiduo: “fíjate si han tocado bien a Laserna, que a ratos me sonaba a Mozart”, sin querer menospreciar al de Corella. Zapico es siempre un mago en el estilo (sobre todo barroco y clásico) que aborda. La carrera de Maite Beaumont, (que, por cierto, también cantó en la Capilla catedralicia), es esplendida (DN. Liceo Barcelonés 27-3-2006. Baluarte 1-4-2006, por poner dos ejemplos), y su voz sigue sin asomo de impurezas de vibrato o cansancio. Maite bordó el recitativo dramático, y supo pasar del desgarro imprecatorio a un lirismo amatorio en las arias lleno de matices y excelente fraseo. Su intervención supo a poco.

Esplendor musical español

El Correo | 30 de marzo de 2026

Tanto José de Nebra como José Castel y Joaquín Lázaro fueron parte del esplendor español de la música del siglo XVIII que el conjunto Forma Antiqua, dirigido por el asturiano Aarón Zapico, nos presentó en la programación de BAS. La soprano María Espada fue la encargada de interpretar las cinco canciones del turolense Joaquín Lázaro y otra más del valenciano Vicente Baset, mientras Aarón Zapico, sentado al clave, dirigía el conjunto para darnos a conocer las breves sinfonías de José Castel y José de Nebra.

Conocíamos con anterioridad a la soprano y su bello y homogéneo timbre de voz y volvió a mostrar su delicada línea de canto al iniciar su actuación con 'Dios mío, calla' del navarro José Castel. Tras un perfecto entendimiento de los violines con la viola de gamba en una obertura de Vicente Baset, la limpia y fácil voz de la soprano nos sedujo de nuevo. Se trataba de otras canciones más de Joaquín Lázaro que cantó únicamente con los matices que otorgaba a su voz y sin gesto alguno. En efecto nos referimos a la preciosa 'Cavatina amorosa' y finalmente a 'Noche preciosa' en la que salvó con afinación las variaciones en la repetición con una total conjunción orquestal. Excelente selección programática para disfrute de ese esplendor que todavía nos es desconocido.

La Primavera Barroca florece en Asturias

Ópera Actual | 11 de marzo de 2026

La Primavera Barroca se ha consolidado como uno de los ciclos más relevantes dentro de la intensa actividad musical ovetense. Su creciente popularidad responde, en buena medida, a una programación atractiva donde predominan conjuntos especialistas en el repertorio cuyas propuestas parten siempre de los criterios historicistas. Sin embargo, los resultados obedecen, asimismo, a una red institucional que sostiene el proyecto, fruto de la colaboración entre entidades como el Centro Nacional de Difusión Musical (CNDM), la Fundación Municipal de Cultura del Ayuntamiento de Oviedo, la Universidad de Oviedo y los conservatorios profesional y superior de la ciudad (ver previa en este enlace). Estas sinergias, además de facilitar el acceso del alumnado a la actividad concertística, contribuyen a la renovación del público asistente y permiten conformar un público diverso y heterogéneo que, en esta ocasión, obligó a colgar el cartel de “localidades agotadas”.

La velada inaugural de esta décimo tercera edición presentaba además varios atractivos singulares, entre ellos la interpretación de la denominada ópera armónica al estilo italiano Los elementos, obra con libreto anónimo y música del compositor mallorquín Antonio Literes, una elección inmejorable por la vinculación lírica que mantiene la capital del Principado de Asturias. Por si fuera poco, Forma Antiqva —el conjunto de los hermanos asturianos Zapico— se encargó de llevar el peso musical de la cita: figuras ampliamente reconocidas en el ámbito de la música antigua gracias a su versatilidad y a la solidez de sus proyectos que los ha consolidado como una referencia en la interpretación del repertorio de los siglos XVII y XVIII.

Integrada por media docena de instrumentistas, la formación —dirigida desde el clave por Aarón Zapico— ofreció una lectura vibrante y teatral de la partitura de Literes, caracterizada por una notable cohesión sonora, un refinado trabajo sobre el color instrumental y un fraseo cuidadosamente articulado. La experiencia del ensemble se manifestó especialmente en el manejo de los contrastes dinámicos y en la atención al detalle expresivo, elementos que contribuyeron a potenciar el carácter dramático inherente a la estética barroca.

El apartado vocal mantuvo igualmente un nivel interpretativo extraordinario. Aunque la obra se presentó en versión de concierto, los cantantes recurrieron a una caracterización simbólica pero muy eficaz mediante el vestuario, permitiendo diferenciar a los personajes alegóricos, especialmente a los cuatro elementos naturales: Tierra, Agua, Aire y Fuego.

«La soprano Jone Martínez, encargada de los papeles de Aire y Aurora, destacó por la pulcritud de su emisión y por un timbre cálido y homogéneo»

La soprano Jone Martínez, encargada de los papeles de Aire y Aurora, destacó por la pulcritud de su emisión y por un timbre cálido y homogéneo; en la arieta “Surque halagüeña la esfera dorada” desplegó una línea de canto elegante y etérea, resolviendo con musicalidad las exigentes coloraturas. Asimismo, en el número “En brazos del Alba” evidenció un fraseo sutilmente delineado, enriquecido por unas ornamentaciones interpretadas con una sensibilidad estilística excepcional. Por su parte, la mezzosoprano Lucía Caihuela, en los roles de Tierra y Tiempo, aportó una sonoridad de mayor densidad tímbrica, adecuada para la caracterización de estos personajes. Su voz, de color oscuro y bien proyectada, se integró con equilibrio en el conjunto vocal, estableciendo un interesante contraste con las tesituras más agudas del reparto. Entre los momentos más logrados de su intervención cabe destacar la arieta “De flores vestida”, en la cual la expresividad de la línea vocal se vio realzada por el refinado acompañamiento instrumental de Forma Antiqva.

La soprano Pilar Alva-Martín (como Fuego) sobresalió particularmente en los números de mayor virtuosismo: su amplia extensión vocal le permitió abordar con solvencia tanto los graves del recitado “Mas si fuese la planta fugitiva” como la brillante escritura de las arietas “Fuego encendido” y “Sedienta de influjos al Sol ha bebido”. A ello se sumó una implicación actoral convincente que reforzó la dimensión dramática de su intervención. Finalmente, Soraya Méncid, encarnando al Agua, también soprano, aportó al conjunto una voz de notable lirismo y gran capacidad expresiva; su interpretación se mostró especialmente convincente en pasajes de mayor intensidad, como la arieta “Suenen los clarines”, resuelta con seguridad y energía.

Jonathan MALLADA, corresponsal en Oviedo de ÓPERA ACTUAL

Alegoría operística sobre el caos frente a la luz

El Comercio | 10 de marzo de 2026

La Primavera Barroca es una cita obligada de la actividad musical ovetense. Organizada por el Ayuntamiento de Oviedo y el Centro Nacional de Difusión Musical, ayer dio el pistoletazo de salida con la versión de concierto de la ópera 'Los elementos', de Antonio Literes.

Antonio Literes, compositor español de la primera mitad del siglo XVIII, fue uno de los pocos músicos alabados por el padre Feijoo. Desde su celda del monasterio de San Vicente, en Oviedo, el padre benedictino elogió la inspiración –el numen, decía Feijoo– de un compositor que unió la tradición contrapuntística española con la homofonía italiana. Esta síntesis entre lo español y lo italiano, fue llevada por Literes a la música teatral, con zarzuelas mitológicas –'Alcis y Galatea' es la más famosa–, y entre otras obras, esta curiosa 'opera armónica italiana', así se define en la partitura, compuesta en 1705 para la casa de Medina Sidonia, que probablemente festejaba la entronización de Felipe V, tras la Guerra de Sucesión española.

En principio, 'Los elementos' no es propiamente una ópera, sino más bien un auto sacramental o una cantata escénica sobre un argumento muy flojo que se puede resumir así. Con la noche, en la ausencia del sol, los cuatro elementos –aire y aurora, tierra, fuego, agua– pugnan entre sí, para ver quien es el más gallo. Ante el caos, la aurora decide llamar al tiempo, para que retorne el sol y con la luz se restablezca el orden. La noche, el alba y el sol son los tres episodios de la ópera. La versión dirigida al clave por Aarón Zapico fue ágil, estilísticamente muy cuidada y, al mismo tiempo, libre. Muy viva en los ritmos, con acentos cruzados y amalgamas y con introducciones o préstamos de otras obras que no pertenecían a la ópera, como un preludio de Corelli, una obertura de Basset y una pieza para guitarra de Gaspar Sanz, interpretada con muy buen gusto por Daniel Zapico. Curiosamente, cuando estaba tocando, había una espontánea que se quejó. Hay gente para todo.

La sonoridad de Forma Antiqva, con pocos instrumentos –dos violines, un violonchelo, guitarra, tiorba y clave–, es contundente y al mismo tiempo muy individualizada en cada instrumento.

Cada elemento se representaba por una voz: Jone Martínez, interpretaba el aire y la aurora. Lucía Caihuela era la voz de la tierra y el tiempo, Pilar Alva-Martín, el fuego y Soraya Méncid, el agua.

La voz más hermosa fue la de la soprano Jone Martínez, que interpretó arietas y tonadas muy hermosas. Tiene un timbre muy sedoso, homogéneo, y vocaliza muy bien, algo que es necesario en este repertorio. Simbólicamente, iba vestida de blanco para representar la aurora.

La mezzo Lucía Caihuela, vestida de marrón como es propio de la tierra, tiene una voz rotunda y gustó sobre todo en algunos dúos.

El fuego, vestido de rojo, estaba interpretado por la soprano Pilar Alva-Martín, con arias muy vistosas en la primera parte, intepretadas con expresividad.

Y finalmente, correcta la también soprano Soraya Méncid, vestida de azul claro, con una buena afinación, pero una vocalización a veces no muy clara.

La sala de cámara del Auditorio estaba completamente llena. El público aplaudió con calor una ópera en la que prácticamente no pasa nada, solo que a la noche le sucede el día, pero interpretada con amenidad, ritmo y precisión.

Ramón Avello

Forma Antiqva en FeMàs: Madrid era una fiesta

Scherzo | 9 de marzo de 2026

Sevilla. Real Fábrica de Artillería. Forma Antiqva. Clave y dirección: Aarón Zapico. Obras de J. de Nebra, B. Álvarez Acero, J. Castel, N. Conforto. V. Basset, L. Boccherini, J. B. Mele, P. Ugolini y S. de Murcia. XLIII Festival de Música Antigua de Sevilla.

Afortunadamente, gracias a investigaciones rigurosas y a la floración de grupos de música antigua involucrados, el panorama de la música española, especialmente la de la capital madrileña, durante el siglo XVIII se nos está apareciendo como un mundo lleno de vida, de creatividad, de iniciativas públicas y privadas, mucho más abierto a Europa de lo que se venía sosteniendo y con una personalidad creadora relevante.

Forma Antiqva trajo su programa Farándula castiza organizado como si de una función teatral dieciochesca se tratara, con su prólogo, las tres jornadas y el fin de fiesta reglamentario por entonces. Músicas festivas, oberturas, danzas y sinfonías que, como las de Basset, servían para amenizar los entreactos en los teatros. Por allí sonaron fandangos (de Acero, de Conforto), minués y hasta un danzón de negros como los Cumbés de Santiago de Murcia. Y oberturas operísticas (de Nebra, de Conforto, de Mele). A pesar de la reducida plantilla (dos violines, un violonchelo, un contrabajo, una guitarra, una tiorba, percusión y clave) que obligó a arreglar las partituras originales, el grupo asturiano ofreció sus bien conocidas interpretación energéticas, llenas de acentos a veces furiosos (¡ese fandango de Acero!), violentos también (especialmente en la sinfonía de Ugolini), con aparatosos golpes de arco en las cuerdas, pero siempre con eficacia expresiva y narrativa.

El acento y el contraste es la esencia del Barroco y en esta cuestión Forma Antiqva tiene pocos rivales. Con un empaste soberbio y con un sonido brillante apuntalado por las apropiadas y justas percusiones de Pere Olivé. Pero también hubo para la delicadeza y la intimidad, con un delicado diálogo entre el chelo y la tiorba en el Andante de la sinfonía de Mele. Y con el ritmo metido en el cuerpo cuando la música lo pedía, como en los Cumbés de Murcia.

Andrés Moreno Mengíbar

La comedia musical de la Villa y Corte

Diario de Sevilla | 7 de marzo de 2026

Mediado el siglo XVIII Madrid era un hervidero de músicas. Entre la Real Capilla, las iglesias, las cámaras de palacio, los cuatro teatros públicos cubiertos, los corrales de comedias que habían llegado al XVIII (al menos, los del Príncipe y de la Cruz), las plazas, donde no se había perdido la costumbre de representar autos sacramentales, y las academias y salones nobiliarios, donde camarillas de ilustrados avizoraban un tiempo nuevo y por donde penetrarían imparables los aires del Clasicismo, la ciudad sonaba casi sin descanso. De ese ambiente parte el programa presentado por Forma Antiqva: una comedia instrumental imaginaria construida con oberturas, sinfonías y danzas que nacieron para el teatro, pero que también formaban parte del sonido cotidiano de la ciudad.

En ese territorio se mueve desde hace años Forma Antiqva, uno de los conjuntos que con mayor constancia ha explorado el repertorio español del Barroco tardío y del primer Clasicismo. Buena parte de su trayectoria –la del grupo fundado por los hermanos Zapico hace ya casi 30 años– ha estado ligada precisamente a ese trabajo de recuperación y difusión de músicas que durante mucho tiempo permanecieron relegadas a los archivos. El programa reunía así páginas de algunos nombres centrales de la vida musical madrileña del momento, como NebraConforto o Boccherini, junto a otros compositores que solo en tiempos recientes han empezado a asomar con mayor claridad en los atriles y en las grabaciones. Es el caso de Vicente Baset, cuya música instrumental ha comenzado a difundirse gracias, en buena medida, al propio conjunto asturiano, o de autores como Juan Bautista Mele o José Castel, este último objeto también de reciente atención discográfica por parte de Daniel Pinteño y su grupo Concerto 1700.

El concierto se estructuró como una comedia grande en tres jornadas, con prólogo y final, de esas que con textos de Calderón y música de Hidalgo eran habituales a finales del XVII. No hubo intención de reconstrucción musicológica estricta, sino una mirada libre a ese repertorio teatral que circulaba entre el escenario y la calle, un desorden consciente y estéticamente contextualizado, para lo cual el grupo adapta, arregla, recorta, pega, inventa... El trabajo de un músico en todo tiempo y lugar. Minués elegantes, allegros incisivos y fandangos de ritmo obstinado dibujaron un pequeño retrato del Madrid de entonces, en el que lo castizo convivía con las modas de los estilos italiano y francés.

La interpretación fue vigorosa, luminosa y muy directa, espléndidamente articulada y con un fraseo flexible y una variedad tímbrica que evitó cualquier sensación de rutina. El tono general del concierto fue alegre, distendido y brillante, pero con momentos de reposo bien medidos. Contrastes. De eso también va el Barroco. En los movimientos lentos la textura se adelgazaba y la música quedaba sostenida por pocos instrumentos: los dos violines dialogando solos o apoyados con naturalidad en un bajo discreto, o Jorge Jiménez respondiendo al violonchelo de Ruth Verona, en pasajes bellísimos, de una sobriedad camerística. A ello se sumó una marcada riqueza rítmica. Junto a los aires cortesanos –los minués, de paso elegante– aparecieron con toda naturalidad los ritmos más populares, especialmente los fandangos, subrayados por las inevitables castañuelas. Una recreación del Madrid ilustrado a través de una música viva, directa, hecha para circular entre el teatro, el salón y la calle.

Pablo J. Vayón